Las redes sociales dejaron de ser sociales hace mucho tiempo

Persona mirando su móvil mientras la rodean pantallas de vídeos recomendados, simbolizando cómo las redes sociales priorizan el contenido sobre las relaciones.

Abres Instagram para saber qué hacen tus amigos y terminas viendo un vídeo de alguien que no conoces. Entras en Facebook buscando alguna publicación familiar y encuentras recomendaciones, anuncios y contenido de páginas que nunca seguiste. Abres TikTok durante cinco minutos y, cuando vuelves a mirar el reloj, ha pasado casi una hora.

Lo curioso es que quizá no hayas hablado con nadie.

Las redes sociales dejaron de ser sociales, al menos en el sentido que les dio origen. Lo que comenzó como una manera de mantenernos en contacto se ha transformado progresivamente en una industria dedicada a distribuir contenido, captar atención y convertirla en ingresos.

No significa que hayan desaparecido las amistades digitales ni que todas las plataformas funcionen exactamente igual. Seguimos conversando, descubriendo comunidades y estableciendo relaciones valiosas.

Pero algo fundamental cambió: el centro de la experiencia dejó de ser, en muchos casos, la gente que conocemos y pasó a ser el contenido que un algoritmo considera capaz de mantenernos mirando la pantalla.

Y quizá lo más sorprendente sea lo poco que nos costó acostumbrarnos.

Cuando entrar a una red social significaba encontrar personas

Hubo una época en la que abrir una red social era una experiencia relativamente sencilla.

Entrabas para ver las fotografías que alguien había publicado durante el fin de semana, dejar un comentario en el perfil de un amigo o descubrir cómo le iba a un antiguo compañero de estudios.

Las publicaciones no siempre eran interesantes.

De hecho, muchas eran bastante aburridas.

Había fotografías desenfocadas, estados sin importancia, bromas privadas y conversaciones que solo tenían sentido para un pequeño grupo.

Pero esa era precisamente la gracia.

No necesitábamos que todo lo que aparecía en pantalla fuera extraordinario, porque nos importaban las personas que estaban detrás.

Una foto de un almuerzo podía no tener ningún valor para un desconocido. Pero para alguien que conocía a quien la había publicado, era una manera de mantenerse cerca.

Las redes funcionaban como una extensión de nuestras relaciones.

Naturalmente, tampoco eran espacios perfectos. Ya existían la publicidad, la presión por conseguir atención y las discusiones. Idealizar aquella etapa sería ignorar muchos problemas que aparecieron desde el principio.

Sin embargo, la experiencia estaba más relacionada con seguir a personas concretas.

Hoy, en muchos servicios, seguir a alguien ya no garantiza que sus publicaciones tengan un lugar destacado en lo que vemos.

El gran cambio: de las personas que seguimos al contenido que nos recomiendan

Para entender qué ocurrió, hay que distinguir dos maneras de organizar una red.

La primera se basa principalmente en nuestras conexiones sociales: amigos, familiares, contactos y cuentas que decidimos seguir.

La segunda se basa en nuestros intereses y comportamientos.

En esta última, una plataforma puede recomendarnos un vídeo de una persona completamente desconocida porque calcula que probablemente nos interesará.

No importa demasiado quién lo publicó.

Importa si existe una buena posibilidad de que lo veamos.

El algoritmo aprendió que no necesita a nuestros amigos

TikTok ayudó a popularizar una experiencia centrada en el descubrimiento de contenido.

Su sección Para ti no depende únicamente de las cuentas que seguimos.

Utiliza señales como los vídeos que vemos, cuánto tiempo permanecemos en ellos, nuestras interacciones y distintas características del contenido.

La propia plataforma explica el funcionamiento general de este sistema en su guía oficial sobre recomendaciones.

La propuesta tiene una ventaja evidente.

Podemos descubrir humoristas, artistas, especialistas y comunidades que jamás habríamos encontrado dentro de nuestro círculo de amistades.

Pero también modifica profundamente la experiencia.

Antes, una pregunta importante era: «¿Qué han publicado las personas que sigo?».

Ahora suele ser: «¿Qué contenido podría gustarme a continuación?».

Las dos preguntas parecen parecidas, pero conducen a modelos de plataforma muy diferentes.

Una se organiza alrededor de relaciones elegidas.

La otra se organiza alrededor de predicciones sobre nuestros intereses.

Y cuando la segunda ocupa la mayor parte de la pantalla, la palabra social empieza a adquirir otro significado.

Facebook reconoció que había perdido algo de su esencia

Uno de los ejemplos más reveladores llegó en marzo de 2025.

Meta anunció una renovación de la pestaña de amigos de Facebook para mostrar publicaciones, historias y otros contenidos de personas conectadas entre sí, sin recomendaciones de cuentas ajenas.

La función se lanzó inicialmente en Estados Unidos y Canadá.

Lo interesante no fue solamente la nueva pestaña.

Fue la explicación de la propia empresa.

En su comunicado oficial, Meta reconoció que, con la evolución de Facebook hacia grupos, vídeos, compraventa y otros formatos, las conexiones con los amigos habían perdido protagonismo.

Es una admisión importante.

Una de las compañías que ayudó a popularizar las redes sociales consideró necesario crear un espacio específico para recuperar una experiencia centrada en las amistades.

De alguna manera, aquello que antes formaba parte del atractivo principal de Facebook pasó a ser una función diferenciada.

Instagram también introdujo en 2025 nuevas herramientas para descubrir lo que los amigos habían compartido o con lo que habían interactuado.

La propia Meta presentó esas funciones como maneras de facilitar las conexiones personales.

Son iniciativas positivas.

Pero también reflejan que la relación entre las plataformas y sus funciones sociales se encuentra en plena transformación.

Las redes dejaron de preguntarnos cómo estamos y comenzaron a estudiar cuánto tiempo nos quedamos

Existe una diferencia importante entre disfrutar de una conversación y consumir una sucesión interminable de vídeos.

Una conversación implica cierto intercambio.

Hablamos, escuchamos, respondemos y compartimos experiencias.

En cambio, cuando pasamos una hora desplazándonos por publicaciones recomendadas, podemos terminar consumiendo enormes cantidades de información sin participar en ninguna relación personal.

Por supuesto, consumir contenido puede ser entretenido, educativo o inspirador.

El problema no es mirar vídeos.

El problema aparece cuando confundimos automáticamente ese consumo con conexión social.

La atención se convirtió en el recurso más importante

Muchas de las plataformas más populares utilizan modelos comerciales en los que la publicidad representa una fuente fundamental de ingresos.

Cuanto más utilizan las personas esos servicios, más oportunidades existen de mostrar anuncios.

Esto crea incentivos para desarrollar experiencias atractivas y recurrentes.

Las recomendaciones personalizadas forman parte de esa estrategia.

Meta ha explicado públicamente cómo emplea sistemas de inteligencia artificial para recomendar contenido de cuentas con las que los usuarios no tienen conexiones previas.

Su documentación sobre recomendaciones en Facebook e Instagram describe ese cambio hacia el descubrimiento de publicaciones basado en intereses.

No significa que todos los algoritmos busquen únicamente prolongar nuestra permanencia ni que utilicen una sola métrica.

Las plataformas consideran distintas señales y objetivos.

Pero existe una tensión evidente entre dos prioridades: mostrar aquello que puede mantenernos interesados y mostrar aquello que más favorece nuestras relaciones personales.

No siempre coinciden.

Un contenido puede ser excelente para captar nuestra atención y aportar muy poco a nuestra vida social.

Ahora todos parecen estar creando contenido para una audiencia

Otro cambio importante está relacionado con lo que publicamos.

Antes, compartir una fotografía podía ser simplemente una manera de mostrarle algo a nuestros amigos.

Hoy existe una presión mucho mayor por producir contenidos que merezcan ser vistos.

El vídeo debe comenzar de forma interesante.

La fotografía tiene que destacar.

El título debe generar curiosidad.

La publicación necesita conseguir interacciones.

Y, si la cuenta busca crecer, también debe adaptarse a las preferencias cambiantes de las plataformas.

De compartir momentos a construir una marca personal

No es extraño escuchar consejos sobre cómo convertir una cuenta personal en una marca.

Se habla de frecuencia de publicación, retención de audiencia, formatos virales y estrategias de crecimiento.

Estas herramientas pueden ser útiles.

Han permitido que artistas independientes encuentren público, que pequeños negocios vendan sus productos y que profesionales compartan sus conocimientos sin depender de grandes intermediarios.

Ese es uno de los aspectos más positivos de la evolución digital.

Pero también ha provocado que parte de nuestra identidad pública se gestione como si fuera un producto.

La espontaneidad compite con la presentación.

Las experiencias cotidianas compiten con las publicaciones cuidadosamente preparadas.

Y la pregunta deja de ser solamente «¿quiero compartir esto?» para convertirse en «¿funcionará bien si lo publico?».

No todo el mundo vive las redes de esa manera.

Pero es una presión reconocible en la cultura digital contemporánea.

El problema de una pantalla diseñada para que nunca terminemos

Hay algo que diferencia a muchas plataformas actuales de las experiencias digitales anteriores.

No existe necesariamente un final natural.

Terminas un vídeo y aparece otro.

Después llega otro más.

El contenido puede continuar durante tanto tiempo como quieras permanecer.

Esta estructura elimina muchos de los momentos en los que normalmente decidiríamos detenernos.

Cuando leemos un artículo, existe una última línea.

Cuando terminamos una película, aparecen los créditos.

Cuando conversamos con alguien, llega un momento en que uno de los dos se despide.

En cambio, un flujo infinito de recomendaciones no necesita terminar.

Siempre puede ofrecer una publicación más.

Estar entretenido no es lo mismo que estar satisfecho

Podemos pasar mucho tiempo disfrutando de contenido sin sentir que hemos empleado ese tiempo de la manera que deseábamos.

También podemos descubrir cosas valiosas y aprender habilidades nuevas.

La cuestión es que el tiempo de uso no mide por sí solo la calidad de la experiencia.

Una persona puede pasar veinte minutos conversando con un amigo y sentirse acompañada.

Otra puede pasar dos horas viendo vídeos y terminar con la sensación de no haber hecho nada importante.

También puede ocurrir exactamente lo contrario, dependiendo de lo que cada persona busque y de cómo utilice la plataforma.

Por eso, reducir la discusión a «las redes son buenas» o «las redes son malas» resulta insuficiente.

Una pregunta más útil sería: ¿qué clase de experiencia están intentando fomentar sus diseños?

Cuando la polémica consigue más atención que una conversación tranquila

Una de las críticas más importantes a las plataformas modernas es que determinados sistemas de recomendación pueden favorecer contenidos emocionalmente intensos.

La indignación, el enfrentamiento y las afirmaciones provocadoras suelen generar reacciones.

Y las reacciones pueden convertirse en señales para los sistemas que organizan lo que vemos.

Esto no significa que todos los algoritmos premien siempre el conflicto.

Tampoco demuestra que cualquier discusión en internet sea provocada artificialmente.

Pero existen estudios que documentan riesgos concretos.

Una investigación publicada en PNAS Nexus en 2025 encontró que, en el caso analizado de Twitter, la clasificación basada en interacciones amplificaba contenido político emocionalmente intenso y hostil hacia otros grupos respecto a un orden cronológico.

Los participantes no necesariamente preferían las publicaciones que ese sistema destacaba.

Puedes consultar el estudio sobre algoritmos, interacción y contenidos divisivos.

Este hallazgo se refiere a un contexto específico y no debe trasladarse automáticamente a todas las plataformas.

Sin embargo, plantea una pregunta importante.

Si un sistema interpreta nuestra reacción como señal de interés, ¿cómo distingue entre algo que disfrutamos y algo que nos enfada?

Podemos comentar una publicación porque estamos en desacuerdo.

Podemos compartir un vídeo para criticarlo.

Podemos ver una discusión completa precisamente porque nos parece absurda.

Desde fuera, todas esas acciones producen actividad.

Pero no todas representan satisfacción.

Y mucho menos conexión humana.

Las redes también cambiaron nuestra manera de informarnos

Las plataformas ya no sirven únicamente para compartir fotografías y mensajes.

Se han convertido en espacios donde millones de personas descubren noticias, opiniones, productos, tendencias y debates públicos.

El cambio es importante.

Según el Digital News Report 2026 del Instituto Reuters, de la Universidad de Oxford, el 54 % de las personas encuestadas, como promedio de 48 mercados, utilizaba redes sociales y plataformas de vídeo para acceder a noticias.

En ese estudio, estos servicios superaron por primera vez a las páginas y aplicaciones de las propias organizaciones informativas, que alcanzaron el 51 %.

Es importante interpretar correctamente el dato.

No significa que el 54 % de la población mundial se informe exclusivamente por redes sociales.

Significa que, dentro de los mercados y la muestra analizados, estas plataformas tienen un papel enorme como vía de acceso a las noticias.

Ya no seguimos solamente a personas, sino también a narradores de la realidad

Hoy una misma aplicación puede mostrarnos la fotografía de un familiar, un vídeo humorístico, una noticia internacional, una opinión política y una recomendación de compra.

Todo aparece dentro de una experiencia visual parecida.

Esto puede facilitar el acceso a información que antes resultaba difícil de encontrar.

Pero también mezcla contenidos que responden a propósitos muy distintos.

Una investigación periodística no cumple la misma función que un comentario improvisado.

Un anuncio no es una recomendación desinteresada.

Una opinión no equivale necesariamente a un hecho comprobado.

Cuando todo aparece en el mismo flujo, necesitamos prestar más atención a quién publica cada contenido y qué evidencia respalda sus afirmaciones.

Las redes se han convertido en una especie de plaza pública, canal de televisión, mercado y periódico al mismo tiempo.

Y en esa transformación, la conversación entre amigos ya no ocupa necesariamente el centro.

La inteligencia artificial puede llevar este cambio todavía más lejos

La expansión de la inteligencia artificial generativa ha añadido una nueva dimensión a la experiencia digital.

Hoy es posible producir imágenes, voces, vídeos y textos con herramientas que reducen considerablemente el tiempo necesario para crear contenido.

Esto ofrece oportunidades creativas extraordinarias.

Un pequeño creador puede preparar materiales educativos o experimentar con ideas visuales que antes requerían recursos difíciles de conseguir.

Pero también puede aumentar la cantidad de contenido genérico, repetitivo o engañoso que circula por las plataformas.

Y aquí aparece una paradoja.

Cuanto más fácil resulta producir contenido, más importante se vuelve distinguir entre contenido y relación.

Una publicación puede ser entretenida sin que exista una experiencia humana personal detrás de ella.

Una fotografía puede parecer auténtica sin representar un momento que realmente ocurrió.

Una cuenta puede publicar constantemente sin que haya una conversación significativa con su audiencia.

Esto no significa que todo contenido creado con inteligencia artificial carezca de valor.

Significa que la abundancia de publicaciones no equivale automáticamente a una mayor conexión entre las personas.

Tal vez el futuro de las redes dependa tanto de la calidad de sus contenidos como de nuestra capacidad para recuperar espacios de confianza.

¿Significa todo esto que las redes sociales ya no conectan a nadie?

No.

Y sería injusto afirmarlo.

Las redes siguen siendo fundamentales para muchas personas.

Permiten mantener relaciones a distancia, encontrar comunidades con intereses compartidos y recibir apoyo de quienes atraviesan experiencias semejantes.

También pueden resultar especialmente valiosas para personas que viven lejos de sus familiares o que tienen dificultades para encontrar grupos afines en su entorno inmediato.

La dimensión social no desapareció.

Lo que cambió fue su lugar dentro de la experiencia general.

Los datos muestran una realidad menos simple

En un estudio de Pew Research Center publicado en 2025, el 74 % de los adolescentes estadounidenses encuestados afirmó que las redes les ayudaban a sentirse más conectados con lo que ocurría en la vida de sus amigos.

El 63 % también consideró que estos espacios les permitían expresar su creatividad.

Esos resultados muestran beneficios reales.

Pero la misma investigación encontró que el 45 % pensaba que pasaba demasiado tiempo en redes sociales.

Ambas experiencias pueden coexistir.

Podemos sentirnos más conectados con determinadas personas y, al mismo tiempo, desear utilizar menos las plataformas.

Podemos descubrir comunidades extraordinarias y sentirnos agotados por el contenido que aparece en nuestra pantalla.

Podemos disfrutar de un vídeo recomendado y echar de menos las publicaciones de nuestros amigos.

La crítica, por tanto, no debería dirigirse contra todas las personas que utilizan redes ni contra quienes crean contenido.

Debería centrarse en qué prioridades dominan su diseño y cómo afectan a nuestra forma de relacionarnos.

El problema no es que haya demasiado contenido, sino que la conexión dejó de ser la prioridad

Durante años hemos tratado las redes sociales como si fueran herramientas neutrales.

Pero ninguna plataforma digital funciona sin decisiones de diseño.

Alguien decide qué aparece primero.

Alguien decide qué botones resultan más visibles.

Alguien establece qué actividades reciben notificaciones y cuáles pasan inadvertidas.

Y esas decisiones influyen en nuestros hábitos.

Si una aplicación destaca vídeos recomendados, probablemente veremos más vídeos recomendados.

Si facilita conversaciones privadas, puede favorecer que hablemos más con personas concretas.

Si convierte cada publicación en una competición pública de popularidad, es razonable que algunos usuarios terminen preocupándose por el rendimiento de sus contenidos.

No todo el comportamiento humano puede explicarse mediante el diseño de una aplicación.

Tenemos decisiones propias, preferencias diferentes y formas muy distintas de utilizar la tecnología.

Pero tampoco resulta convincente fingir que la estructura de las plataformas no influye en cómo las usamos.

La tecnología no determina completamente nuestras relaciones, pero sí puede facilitar unas conductas y dificultar otras.

Esa es la discusión que merece la pena tener.

¿Podemos volver a utilizar las redes para relacionarnos de verdad?

No necesitamos regresar a internet de hace veinte años para recuperar algo de la experiencia social.

Tampoco es necesario abandonar todas las plataformas.

Podemos comenzar utilizando sus herramientas de manera más deliberada.

1. Dar prioridad a las personas que realmente nos importan

En lugar de depender únicamente de la pantalla principal, podemos buscar las secciones dedicadas a cuentas seguidas, listas de contactos o publicaciones de amigos cuando estén disponibles.

Esto reduce parte del protagonismo de las recomendaciones externas.

No elimina el algoritmo ni garantiza una experiencia completamente cronológica, porque cada servicio funciona de manera diferente.

Pero puede ayudarnos a decidir qué relaciones queremos atender.

2. Cambiar parte del tiempo de consumo por conversación

Ver una publicación puede ser entretenido.

Responder a alguien con un mensaje personal puede tener un valor diferente.

En ocasiones, una conversación breve con una persona conocida aporta más conexión que una larga sesión de contenido recomendado.

Podemos usar las redes como punto de partida para hablar, no únicamente como un lugar donde mirar.

3. Dejar de convertir cada momento en una publicación

No todas las experiencias necesitan convertirse en contenido.

Una cena, un viaje o una reunión pueden disfrutarse sin pensar en cómo quedarán en una fotografía.

Compartir momentos es positivo cuando realmente deseamos hacerlo.

Pero no tenemos ninguna obligación de convertir nuestra vida cotidiana en una presentación constante.

4. Elegir comunidades en lugar de audiencias gigantescas

Los grupos pequeños y las comunidades centradas en intereses compartidos pueden ofrecer conversaciones más profundas que una publicación dirigida a miles de desconocidos.

Esto no significa que los grupos reducidos estén libres de conflictos.

Simplemente pueden facilitar relaciones más reconocibles y continuadas.

5. Recordar que también existe vida fuera de la pantalla

Una llamada, una visita o una conversación presencial pueden complementar nuestras relaciones digitales.

No es necesario enfrentar internet y la vida real como si fueran enemigos.

Las amistades pueden mantenerse mediante ambos espacios.

Lo importante es que nuestras herramientas nos ayuden a vivir nuestras relaciones, en lugar de ocupar todo el tiempo que podríamos dedicarles.

¿Qué tendrían que cambiar las propias plataformas?

La responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre los usuarios.

Las empresas también podrían dar mayor protagonismo a las relaciones personales.

Por ejemplo, podrían facilitar el acceso a publicaciones de contactos elegidos, explicar mejor las recomendaciones y ofrecer controles comprensibles para modificar lo que aparece en pantalla.

También podrían evaluar la calidad de las experiencias considerando algo más que las interacciones visibles.

No es sencillo medir la satisfacción, el bienestar o la calidad de una conversación.

Y ninguna de esas propuestas elimina automáticamente los problemas comerciales y técnicos.

Sin embargo, el hecho de que Facebook haya intentado recuperar una pestaña centrada en amigos demuestra que estas decisiones de diseño pueden revisarse.

Durante años, el debate ha girado alrededor de cómo conseguir más tiempo de uso.

Quizá la próxima gran innovación consista en algo menos espectacular: ayudar a las personas a relacionarse mejor durante el tiempo que decidan utilizar una plataforma.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se dice que las redes sociales ya no son sociales?

Porque muchas plataformas han dado mayor importancia a los contenidos recomendados, los vídeos y las experiencias de consumo que a las publicaciones de amigos y contactos. Esto no significa que las relaciones hayan desaparecido, sino que ya no ocupan necesariamente el centro.

¿Cuándo comenzaron a cambiar las redes sociales?

Fue un proceso gradual. La expansión de los sistemas de recomendación, la publicidad personalizada, los creadores de contenido y los formatos de vídeo transformó progresivamente plataformas que inicialmente se organizaban más alrededor de conexiones personales.

¿Los algoritmos son responsables de todos los problemas de las redes sociales?

No. Los algoritmos influyen en qué contenido vemos, pero también intervienen las decisiones empresariales, los comportamientos de los usuarios y factores sociales más amplios. Además, pueden facilitar descubrimientos útiles y conectar a personas con intereses compartidos.

¿Las redes sociales pueden seguir siendo positivas?

Sí. Pueden fortalecer amistades, ayudar a mantener relaciones a distancia, difundir conocimiento y facilitar la creación de comunidades. Sus efectos dependen del diseño de cada plataforma, del contexto y de cómo las utilizamos.

¿Cómo puedo hacer que mis redes sean más sociales?

Puedes priorizar las publicaciones de tus contactos, reducir las recomendaciones que no te interesen, participar en grupos pequeños, conversar directamente con otras personas y evitar utilizar las plataformas solamente como entretenimiento automático.

¿Las redes sociales desaparecerán en el futuro?

No existen pruebas suficientes para afirmar que desaparecerán. Lo más probable es que continúen transformándose. Lo que sí puede cambiar es la forma en que combinan contenido, comunicación, inteligencia artificial, comercio y entretenimiento.

Conclusión: quizás nunca tuvimos tantas conexiones y tan pocas conversaciones

Las redes sociales no dejaron de ser sociales de un día para otro. Cambiaron poco a poco, mientras nos acostumbrábamos a nuevas funciones, nuevos formatos y nuevas maneras de consumir contenido.

Hoy podemos descubrir personas extraordinarias en cualquier parte del mundo, aprender algo nuevo en segundos y comunicarnos con familiares que viven a miles de kilómetros. Son posibilidades que no deberíamos despreciar. Pero también podemos pasar horas dentro de una red social sin hablar realmente con nadie.

Ahí se encuentra la contradicción central de esta transformación: las plataformas tienen más contenido que nunca, pero eso no garantiza que tengamos relaciones más profundas.

Tal vez no necesitemos redes sociales idénticas a las del pasado. Necesitamos herramientas que vuelvan a valorar las conversaciones, las amistades y las comunidades, sin reducir toda nuestra experiencia digital a una sucesión interminable de publicaciones diseñadas para conseguir atención.

Porque al final, lo más valioso de una red social nunca fue su algoritmo, su número de usuarios ni la cantidad de vídeos que podía mostrarnos.

Lo más valioso siempre fueron las personas que estaban al otro lado de la pantalla.

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