La universidad ya no garantiza lo que nos prometieron

Joven graduado con su diploma frente a edificios de oficinas, reflexionando sobre las oportunidades de empleo después de terminar la universidad.

Estudia, consigue buenas notas, termina una carrera y encontrarás un buen trabajo. Durante generaciones, esa fue una de las promesas más repetidas por padres, profesores y orientadores. La universidad se presentaba como el camino más seguro hacia un empleo estable, un salario digno y una vida mejor que la de nuestros padres.

Pero algo parece haber cambiado.

Hoy conocemos personas con títulos universitarios que encadenan contratos temporales, graduados que trabajan en sectores completamente diferentes de lo que estudiaron y jóvenes que necesitan años de experiencia para conseguir su primer empleo. Mientras tanto, las matrículas, el coste de vivir y las exigencias laborales pueden convertir aquella promesa en una fuente de frustración.

Entonces, ¿la universidad ya no garantiza un buen futuro?

La respuesta es incómoda: nunca pudo garantizarlo para todo el mundo, pero durante mucho tiempo la presentamos como si pudiera hacerlo.

Eso no significa que estudiar una carrera haya dejado de valer la pena. Los datos continúan mostrando importantes ventajas laborales para quienes tienen educación superior. El problema es otro: hemos confundido una herramienta que puede abrir oportunidades con una promesa de éxito que nadie puede asegurar.

Y quizá haya llegado el momento de hablar de esa diferencia con mayor claridad.

La promesa que escuchamos desde pequeños

Para muchas familias, ir a la universidad siempre representó algo más que obtener un título.

Significaba progreso.

Era la posibilidad de acceder a profesiones que nuestros padres o abuelos quizá no habían podido ejercer.

También simbolizaba independencia económica, reconocimiento social y una mayor capacidad para elegir nuestro futuro.

En hogares donde nadie había estudiado una carrera, llegar a la universidad podía ser un acontecimiento extraordinario.

La idea tenía fundamento.

La educación superior permitió a numerosas personas acceder a conocimientos especializados y puestos profesionales que antes les resultaban difíciles de alcanzar.

En muchos casos, sigue siendo una herramienta importante de movilidad social.

El problema comenzó cuando aquella posibilidad se transformó en una fórmula aparentemente infalible:

Estudiar una carrera = conseguir un buen empleo = alcanzar estabilidad económica.

La vida nunca fue tan sencilla.

Ni siquiera en el pasado.

Pero esa ecuación se repitió tantas veces que terminó convirtiéndose en una expectativa colectiva.

Y cuando la realidad no coincide con una promesa tan arraigada, la decepción puede ser enorme.

El título universitario sigue teniendo valor, pero los números cuentan una historia más compleja

a framed diploma with a gold seal on it

Antes de afirmar que la universidad ya no sirve, conviene observar la evidencia.

Los datos internacionales no sostienen la idea de que estudiar una carrera haya perdido todo su valor.

Según el informe Education at a Glance 2026 de la OCDE, los adultos con educación superior que trabajan a jornada completa durante todo el año ganan, en promedio, un 54 % más que quienes tienen estudios de secundaria superior como máximo nivel educativo.

La ventaja varía considerablemente entre países, edades, titulaciones y ocupaciones.

Además, existe una diferencia fundamental: hablamos de promedios entre grupos de personas, no de una garantía para cada graduado.

Tener mejores probabilidades no significa tener el futuro asegurado

La OCDE también señala que, en promedio, alrededor del 87 % de los adultos con estudios superiores está empleado, frente al 78 % de quienes tienen educación secundaria superior o postsecundaria no terciaria.

La diferencia es importante.

Pero también demuestra que tener un título no elimina automáticamente el riesgo de desempleo.

Y estar empleado no significa necesariamente contar con un salario suficiente, buenas condiciones o un trabajo relacionado con lo estudiado.

Esta distinción cambia por completo la conversación.

La universidad puede aumentar nuestras probabilidades de acceder a determinadas oportunidades.

Lo que no puede hacer es convertir esas oportunidades en un derecho individual garantizado por el simple hecho de habernos graduado.

Cada vez hay más personas con estudios superiores

people sitting on chair in front of computer

Durante décadas, obtener un título universitario era una característica relativamente poco frecuente en muchos países.

Hoy la situación es diferente.

La educación superior se ha expandido y un porcentaje cada vez mayor de jóvenes alcanza ese nivel formativo.

Según la OCDE, la proporción de adultos de entre 25 y 34 años con estudios superiores pasó de aproximadamente el 40 % en 2015 al 47 % en 2025 en el promedio de sus países miembros.

Eso representa un avance educativo importante.

Más personas tienen acceso a formación avanzada.

Pero también significa que poseer un título ya no distingue a un candidato de la misma manera que podía hacerlo cuando muy pocas personas contaban con uno.

Cuando una ventaja se convierte en un requisito de entrada

Imaginemos una oferta de trabajo que hace veinte años podía solicitar una persona con educación secundaria y experiencia.

Hoy, esa misma organización podría establecer como requisito una licenciatura o un grado universitario.

No necesariamente porque todas las tareas requieran conocimientos universitarios.

En algunos casos, el título funciona como una señal que las empresas utilizan para filtrar candidatos.

Este fenómeno suele relacionarse con la inflación de credenciales o el aumento de requisitos educativos para acceder a ciertos puestos.

La consecuencia puede ser frustrante.

Una persona invierte años en estudiar para obtener algo que antes representaba una ventaja competitiva y descubre que ahora constituye solamente el punto de partida.

El título dejó de ser, en muchos procesos de selección, aquello que te diferenciaba y pasó a convertirse en aquello que necesitas para que consideren tu candidatura.

Eso no significa que todas las exigencias académicas sean innecesarias.

Muchas profesiones requieren una preparación rigurosa.

Pero sí invita a preguntarnos si siempre existe una relación razonable entre la formación exigida y las tareas reales del puesto.

El problema de estudiar durante años y terminar en un trabajo que no exige la carrera

Una de las experiencias más desalentadoras para algunos graduados consiste en descubrir que no encuentran oportunidades acordes con su formación.

Terminan una carrera.

Preparan su currículum.

Envían solicitudes.

Acuden a entrevistas.

Y finalmente aceptan un puesto que no requiere los estudios que realizaron.

Trabajar fuera del ámbito de una titulación no siempre es algo negativo.

Una persona puede descubrir una nueva vocación o desarrollar una carrera satisfactoria en otro sector.

El problema aparece cuando esa situación es involuntaria y representa una pérdida persistente de oportunidades.

Los datos sobre subempleo universitario

La Reserva Federal de Nueva York informó que, durante el segundo trimestre de 2026, la tasa de subempleo entre graduados universitarios recientes de Estados Unidos alcanzó aproximadamente el 42 %.

En ese análisis, el subempleo se refiere a graduados que trabajan en ocupaciones que normalmente no requieren una licenciatura o título equivalente.

Es fundamental no confundir esa cifra con desempleo.

No significa que el 42 % de los graduados estuviera sin trabajo.

De hecho, la tasa de desempleo de ese mismo grupo se situaba alrededor del 5,6 %.

La investigación se refiere a Estados Unidos y no puede trasladarse automáticamente a España, República Dominicana o toda América Latina.

Aun así, ilustra una dificultad real: conseguir un empleo y conseguir uno que aproveche plenamente nuestra formación no son necesariamente la misma cosa.

El título no siempre coincide con el puesto

Europa también presenta desafíos de sobrecualificación.

Según Eurostat, en 2024 España registró una tasa de sobrecualificación del 35 % entre los trabajadores con educación terciaria, según la definición estadística utilizada.

La cifra no implica que todos esos trabajadores tengan malos empleos.

Pero sí señala un desajuste entre el nivel educativo alcanzado y la cualificación que normalmente requieren sus ocupaciones.

El mercado laboral puede necesitar personas preparadas y, al mismo tiempo, no ofrecer suficientes puestos adecuados para todas las personas que se forman.

El círculo absurdo: necesitas experiencia para conseguir experiencia

Hay una situación que se repite en numerosos procesos de selección.

Una persona acaba de graduarse y busca su primer empleo.

Encuentra una oferta interesante.

Pero la empresa solicita dos o tres años de experiencia previa.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo se supone que va a conseguir esa experiencia si nadie está dispuesto a contratarla para empezar?

Es una contradicción particularmente frustrante.

La universidad enseña, pero no siempre facilita la transición

Muchos programas universitarios proporcionan conocimientos fundamentales.

Eso es valioso.

Sin embargo, la transición al empleo puede ser difícil cuando existen pocas prácticas formativas, escasas conexiones con organizaciones profesionales o una enseñanza demasiado alejada de las herramientas utilizadas en determinados sectores.

No todas las universidades presentan estos problemas.

Algunas cuentan con excelentes programas de investigación, prácticas supervisadas y colaboración con empresas.

Pero la calidad de esas conexiones es desigual.

En Education at a Glance 2026, la OCDE señala que la transición entre educación y trabajo depende tanto de la formación como de las condiciones económicas y de la demanda de competencias.

Es decir, preparar bien a una persona no basta si el mercado no ofrece oportunidades suficientes.

Y exigir experiencia para absolutamente todos los puestos de entrada puede dificultar que una nueva generación comience a construir su trayectoria profesional.

Estudiar también puede convertirse en una inversión económica considerable

A person holding a bunch of money next to a calculator

La universidad tiene un coste que no siempre aparece en las conversaciones familiares.

En algunos países existen matrículas elevadas.

En otros, estudiar en una institución pública puede ser relativamente asequible, pero sigue implicando gastos de transporte, materiales, alojamiento y alimentación.

También hay un coste de oportunidad.

Durante los años dedicados a estudiar a tiempo completo, algunas personas podrían haber obtenido ingresos trabajando.

Eso no significa que debamos valorar la educación exclusivamente en términos económicos.

Pero sería poco responsable ignorar sus consecuencias financieras.

No todas las carreras cuestan lo mismo ni ofrecen el mismo retorno

La rentabilidad económica de una titulación depende de muchos factores.

Influyen la profesión, el país, la calidad del programa, el precio de los estudios y las oportunidades laborales disponibles.

También importa si el estudiante necesita endeudarse y bajo qué condiciones.

Una carrera puede ser una excelente inversión para una persona que accede a una beca y encuentra trabajo en su sector.

Esa misma decisión puede representar un riesgo mayor para otra que necesita asumir una deuda importante y vive en una región con pocas oportunidades profesionales.

Por eso, la pregunta «¿vale la pena ir a la universidad?» necesita una respuesta más concreta:

¿Qué programa, en qué institución, a qué coste y con qué perspectivas reales?

No todas las experiencias universitarias son económicamente comparables.

No todos comenzamos la carrera desde el mismo punto de partida

Existe otra parte de la promesa universitaria que merece una reflexión incómoda.

Nos gusta pensar que estudiar, esforzarse y obtener buenas notas basta para competir en igualdad de condiciones.

Pero las oportunidades también dependen del entorno en el que crecemos.

Una persona puede contar con apoyo económico durante toda la carrera.

Otra quizá tenga que trabajar por las noches para pagar el transporte.

Alguien puede realizar prácticas profesionales porque tiene una familia capaz de cubrir sus gastos.

Otra persona no puede permitirse aceptar una oportunidad que no ofrece remuneración.

Ambos pueden ser excelentes estudiantes.

Pero sus condiciones son diferentes.

Las redes de contactos también importan

La universidad permite conocer profesores, profesionales y compañeros que pueden convertirse en parte de nuestra trayectoria laboral.

Eso representa una ventaja real.

Sin embargo, no todos los estudiantes acceden de la misma manera a esas redes.

La desigualdad también aparece antes de entrar a la universidad.

La OCDE documentó en su informe de 2025 que el nivel educativo de los padres sigue muy relacionado con las oportunidades de sus hijos de alcanzar estudios superiores.

Esto no determina el destino de cada persona, pero muestra que el mérito individual opera dentro de condiciones sociales desiguales.

La universidad puede ayudar a reducir desigualdades, pero no puede solucionar por sí sola todas las desigualdades que existen fuera de ella.

Y una sociedad que promete ascenso social mediante la educación también debe preocuparse por los salarios, la vivienda y la calidad de los empleos disponibles.

La inteligencia artificial está cambiando las reglas mientras seguimos estudiando

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Otro desafío es la velocidad con la que evolucionan determinadas actividades profesionales.

Una persona puede comenzar una carrera y encontrar, al graduarse, herramientas y procesos diferentes de los que existían durante su primer año.

La inteligencia artificial es uno de los ejemplos más visibles.

Hoy puede ayudar a redactar, programar, analizar documentos, crear contenidos y automatizar determinadas tareas.

Eso está modificando las habilidades que muchas organizaciones consideran importantes.

¿Significa que la inteligencia artificial va a dejar sin trabajo a los universitarios?

No podemos afirmarlo de manera general.

La tecnología puede sustituir algunas tareas, transformar profesiones y crear nuevas actividades.

Sus consecuencias varían según el sector, el tipo de trabajo y las decisiones de empresas y gobiernos.

La propia OCDE, en su informe de 2026, advierte que todavía existe evidencia limitada para afirmar que la inteligencia artificial haya provocado un cambio permanente en la demanda de titulados jóvenes.

Pero sí sabemos que las competencias profesionales evolucionan.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial recogió previsiones de empleadores que estimaban cambios en cerca del 39 % de las competencias fundamentales utilizadas en el trabajo hacia 2030.

Es una proyección basada en una encuesta empresarial, no una predicción inevitable.

Aun así, sirve para ilustrar por qué terminar una carrera ya no puede considerarse el final de nuestra formación.

El título acredita una etapa de aprendizaje. No garantiza que lo aprendido sea suficiente durante los siguientes cuarenta años.

Tal vez el problema sea que confundimos educación con preparación para un empleo

Esta es una cuestión central.

¿Para qué existe una universidad?

Si respondemos que su única finalidad es conseguir un trabajo, estamos reduciendo enormemente su función.

Las universidades también desarrollan investigación científica, preservan conocimientos, forman profesionales especializados y ofrecen espacios para el pensamiento crítico.

Muchas innovaciones médicas, tecnológicas y sociales dependen de investigaciones universitarias.

Y estudiar filosofía, historia, literatura o matemáticas puede tener un enorme valor intelectual y cultural incluso cuando sus resultados económicos son difíciles de medir.

Pero también sería ingenuo ignorar que muchísimas familias hacen sacrificios importantes porque esperan mejores oportunidades laborales.

Ambas realidades deben reconocerse.

La universidad no debería convertirse únicamente en una fábrica de empleados

Una sociedad necesita personas capaces de investigar, cuestionar, comprender y crear conocimiento.

Eso no se reduce a responder a las vacantes de trabajo disponibles este año.

Sin embargo, las instituciones educativas también tienen la responsabilidad de comunicar honestamente las oportunidades asociadas con sus programas.

No es razonable promocionar cualquier carrera como un camino seguro hacia ingresos elevados si la información disponible no respalda esa expectativa.

El problema no está en que la universidad tenga una misión más amplia que el empleo.

Está en venderle a los estudiantes una promesa económica que no siempre está en condiciones de cumplir.

¿Y las personas que no estudian en la universidad?

Durante demasiado tiempo, no ir a la universidad se presentó como una especie de fracaso personal.

Como si existieran solamente dos caminos: estudiar una carrera o resignarse a tener pocas oportunidades.

Esa idea merece ser cuestionada.

La formación técnica y profesional puede proporcionar competencias muy demandadas.

También existen aprendizajes vinculados a oficios, programas de capacitación, certificaciones y otras rutas educativas.

Algunas personas desarrollan trayectorias satisfactorias mediante emprendimientos o experiencias laborales progresivas.

No todas las alternativas tienen las mismas garantías

Sería un error sustituir una promesa exagerada por otra.

Decir que cualquiera puede ganar mucho dinero sin estudiar una carrera sería tan engañoso como afirmar que cualquier graduado tendrá un excelente empleo.

El emprendimiento implica riesgos.

Los cursos cortos tienen calidades muy diferentes.

Y algunas profesiones requieren obligatoriamente una titulación universitaria, prácticas reguladas o una licencia para ejercer.

La medicina, por ejemplo, no puede reemplazarse mediante un curso informal de unas semanas.

La mejor elección depende de la ocupación y del contexto.

Según la OCDE, los programas de formación profesional pueden ofrecer una transición relativamente directa al empleo en determinados contextos, porque enseñan competencias asociadas a ocupaciones concretas.

Eso no convierte a la formación técnica en una alternativa universalmente superior.

Significa que debería recibir más respeto y consideración.

No todas las personas necesitan el mismo camino educativo para desarrollar una vida profesional valiosa.

El error de elegir una carrera únicamente porque promete dinero

Cuando el mercado laboral resulta incierto, es comprensible que muchas familias aconsejen estudiar una carrera con buenas perspectivas económicas.

Pero elegir exclusivamente por el salario esperado también puede producir problemas.

Una persona puede matricularse en un programa que no le interesa, terminar con dificultades y descubrir que las condiciones laborales del sector son diferentes de las que imaginaba.

Al mismo tiempo, elegir una carrera solamente porque nos apasiona, sin investigar sus oportunidades profesionales, también puede dejarnos poco preparados para la realidad.

Necesitamos algo más equilibrado.

Intereses, capacidades y oportunidades

Antes de elegir una carrera, conviene considerar tres aspectos.

Qué nos interesa: los temas y actividades a los que estamos dispuestos a dedicar años de aprendizaje.

Qué podemos desarrollar: las capacidades, hábitos y conocimientos que requiere esa profesión.

Qué oportunidades existen: los empleos, condiciones salariales, requisitos y posibilidades de crecimiento en el lugar donde esperamos trabajar.

No siempre encontraremos una opción perfecta.

Tampoco podemos saber con certeza cómo será el mercado dentro de diez años.

Pero investigar es mejor que decidir basándonos únicamente en prestigio, presión familiar o promesas publicitarias.

El mundo laboral necesita cambiar, no solamente los estudiantes

Modern open-plan office with employees working at individual workstations

Es fácil convertir este debate en una lista de nuevas exigencias para los jóvenes.

Que aprendan inglés.

Que dominen herramientas digitales.

Que tengan experiencia.

Que sepan trabajar en equipo.

Que desarrollen proyectos.

Que se mantengan actualizados.

Todos esos consejos pueden ser útiles.

Pero también existe un límite.

No podemos pedir a los graduados que solucionen individualmente problemas que dependen de la estructura del mercado laboral.

Las empresas también tienen responsabilidades

Si una organización necesita trabajadores con habilidades específicas, puede ofrecer formación y oportunidades de aprendizaje.

Si busca nuevos profesionales, puede diseñar puestos de entrada con expectativas razonables.

También puede valorar conocimientos demostrables y experiencia relevante, en lugar de aumentar innecesariamente los requisitos educativos.

Por su parte, las universidades pueden fortalecer las prácticas formativas de calidad, la orientación profesional y la transparencia sobre los resultados de sus egresados.

Los gobiernos también tienen un papel en las políticas educativas, el empleo juvenil y las condiciones laborales.

En América Latina y el Caribe, la Organización Internacional del Trabajo ha señalado desafíos relacionados con la calidad del empleo juvenil, la informalidad y las dificultades de transición al mercado laboral.

Esos desafíos no pueden resolverse simplemente diciéndole a cada joven que estudie otra carrera o acumule más certificados.

Una sociedad no puede prometer prosperidad mediante la educación si después no es capaz de crear suficientes oportunidades para aprovecharla.

Entonces, ¿sigue valiendo la pena estudiar una carrera universitaria?

En muchos casos, sí.

Pero debemos abandonar la idea de que existe una respuesta válida para todo el mundo.

Una carrera puede resultar imprescindible para ciertas profesiones.

Puede abrir oportunidades internacionales, facilitar el acceso a conocimientos especializados y proporcionar relaciones profesionales valiosas.

También puede ofrecer satisfacción intelectual y personal.

Sin embargo, su valor depende de múltiples factores.

El programa, la institución, el coste, las necesidades del estudiante y el mercado laboral son elementos que deberían considerarse antes de tomar una decisión.

Cinco preguntas que conviene hacerse antes de matricularse

  1. ¿Qué quiero aprender y para qué? No es lo mismo estudiar por una vocación concreta que hacerlo únicamente porque parece el siguiente paso obligatorio.
  2. ¿Qué resultados laborales ofrece este programa? Conviene buscar datos verificables sobre inserción, sectores de empleo y salarios, cuando estén disponibles.
  3. ¿Cuánto me costará terminarlo? Incluye matrículas, transporte, materiales, vivienda y posibles deudas, no solamente el precio del primer semestre.
  4. ¿Existen oportunidades de práctica y contacto profesional? Las experiencias supervisadas pueden ayudar a comprender mejor una ocupación y facilitar la transición laboral.
  5. ¿Qué alternativas educativas tengo? Comparar una carrera con programas técnicos, formación profesional u otras rutas puede ayudar a elegir con mayor libertad.

Responder estas preguntas no elimina la incertidumbre.

Pero permite tomar una decisión más consciente.

Lo que deberíamos empezar a prometerles a las próximas generaciones

Quizá el mayor error nunca fue recomendar la universidad.

Fue presentarla como un contrato que garantizaba determinados resultados.

Estudia y tendrás éxito.

Esfuérzate y conseguirás estabilidad.

Obtén un título y las oportunidades aparecerán.

Esos mensajes pueden motivar.

Pero también pueden generar frustración cuando ignoran las dificultades reales del mercado.

Una promesa más responsable sería diferente.

La educación puede darte conocimientos, herramientas y mejores oportunidades, pero necesitarás seguir aprendiendo, tomar decisiones y adaptarte a circunstancias que no siempre podrás controlar.

Es una afirmación menos espectacular.

Pero mucho más útil.

También deberíamos reconocer que el éxito no se mide exclusivamente por el salario.

Tener tiempo, estabilidad, buenas relaciones, salud y satisfacción con lo que hacemos forma parte de una vida valiosa.

La universidad puede contribuir a construirla.

Pero no existe un diploma capaz de garantizar todos esos elementos.

Preguntas frecuentes

¿La universidad sigue garantizando un buen empleo?

No. Una titulación universitaria puede mejorar las probabilidades de empleo y los ingresos promedio, pero no garantiza un puesto concreto, un salario determinado ni estabilidad laboral. Los resultados dependen de la carrera, el país, la experiencia y las condiciones del mercado.

¿Vale la pena estudiar una carrera universitaria en 2026?

En muchos casos, sí. Los datos de la OCDE siguen mostrando ventajas importantes para quienes tienen educación superior. Pero conviene evaluar el coste del programa, su calidad, las oportunidades laborales y si la profesión realmente requiere esa formación.

¿Por qué hay universitarios que no consiguen trabajo?

Pueden influir la falta de vacantes, los desajustes entre formación y demanda, la ausencia de experiencia inicial y las condiciones económicas. No todos los casos tienen la misma explicación y el problema no demuestra automáticamente que la persona eligiera mal su carrera.

¿Es mejor estudiar una carrera o hacer cursos técnicos?

Depende de la profesión. Algunas ocupaciones requieren titulación universitaria y habilitación profesional. Otras permiten acceder mediante formación técnica, experiencia o certificaciones. Lo recomendable es investigar los requisitos reales del trabajo que se desea ejercer.

¿La inteligencia artificial hará que los títulos universitarios pierdan valor?

Todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que la inteligencia artificial reducirá de manera permanente el valor de todas las titulaciones. Sí está transformando determinadas tareas y aumentando la importancia de actualizar conocimientos a lo largo de la vida laboral.

¿Qué debería hacer alguien que terminó la universidad y no encuentra empleo?

Puede revisar sus opciones de prácticas, formación complementaria específica, proyectos demostrables y oportunidades en sectores relacionados. También conviene utilizar servicios de orientación laboral y evaluar dónde existe demanda real. La estrategia dependerá de su profesión y de su situación económica.

Conclusión: no debemos dejar de creer en la educación, sino dejar de venderla como una garantía

La universidad sigue siendo una institución fundamental. Forma profesionales, impulsa investigaciones, transmite conocimientos y ofrece oportunidades que pueden transformar vidas.

Los datos continúan mostrando ventajas laborales para quienes tienen estudios superiores. Negarlo sería tan equivocado como afirmar que un título asegura automáticamente un buen futuro.

Lo que ha cambiado es nuestra capacidad para seguir creyendo en una promesa demasiado sencilla. Hoy resulta más evidente que estudiar no siempre conduce directamente al empleo deseado, que las oportunidades están distribuidas de forma desigual y que el mercado laboral exige una adaptación constante.

Necesitamos universidades que preparen mejor, empresas que ofrezcan oportunidades reales y sociedades que valoren distintas formas de aprender y trabajar. También necesitamos hablar con mayor honestidad sobre los costes y las posibilidades de cada camino.

Porque el problema no es que la universidad haya dejado de tener valor. El problema es que durante demasiado tiempo confundimos su valor con una garantía que nunca estuvo en condiciones de ofrecer.

Y quizá la mejor promesa que podemos hacerles a las próximas generaciones sea esta: estudiar puede abrir muchas puertas, pero también debemos construir un mundo en el que existan puertas suficientes para quienes se han preparado para cruzarlas.

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